Reivindicar la soledad en tiempos de pandemia

La situación de aislamiento nos viene demostrando algo que el psicoanálisis nos dice desde su origen. El mismísimo Sigmund Freud nos indicó que el otro es indispensable para inscribir la condición de cada sujeto, el deseo.

Ya sabemos que no hay posibilidad de individualidad, que aunque cada uno de nosotros esté afectado por esta condición que mantiene nuestros cuerpos distanciados, no nos hace individuos. Justamente porque esa afectación, a la medida de cada uno, no es sin un lazo con el otro. Para ser más clara: para estar afectados, precisamos de un afecto constituido en nuestra particular manera de relacionarnos.

Por eso sostengo que el aislamiento preventivo y obligatorio no se corresponde a la soledad, aunque la bordea. Toca lo social, la distancia imaginaria y medidas de seguridad. Aun así, no caigamos en la trampa de tratar a la soledad como una desgracia o un abandono. Acá me interesa pensarla en estos términos, propuestos por Catherine Millot “la soledad también está abierta a la dimensión de la contemplación, a una relación con el mundo y por lo tanto incluye también la posibilidad del encuentro”. Si, asumir la soledad nos permite la experiencia del encuentro con los otros.

Si la consigna social hace foco en el cuidado, qué prácticas de este estilo pueden efectuarse desde esa falsa dicotomía entre lo individual y lo colectivo, privadas de otros que puedan sostener el plano del lenguaje, nuestra interlocución. Qué valor adquiere por sí mismo el acto de frotarse las manos con alcohol en gel, si estamos rodeados de otredades que en un interjuego dialéctico nos definen.

También nos dice Freud que el otro cuenta, de ahí cuenta como amigo, modelo, objeto y como enemigo. Esto nuevamente no hace más que confirmar algo que ya sabíamos… quizás sin saber: hacemos del otro un enemigo. El otro, en ocasiones, se nos presenta como un enemigo. La pregnancia del contagio viene a confirmar algo en esta línea: el otro es peligroso, es estructural. El asunto de si está infectado o no es un añadido, lo que importa es la posibilidad que ataque esa supuesta integridad que somos.

Aquí me interesa reconsiderar: quizás la pandemia y sus circunstancias universales sea una oportunidad para atacar esos sentidos sedimentados respecto de nuestros otros. Que la rivalidad no nos arrase, y antes de apresurarnos en imponer una empatía impostada y un engañoso optimismo les propongo pensar que la “casa” desde esta perspectiva puede ser el único afuera que tengamos a mano. Sabernos como posibles inventores de enemigos es lo que va a permitir esta reconsideración necesaria, mejor una ética del cuidado que privilegie la subjetividad y los derechos de cada ciudadano que una lógica autoritaria y represiva ¿no?

Otro significante difundido es el llamado “encierro”. Es una manera de nombrar que considero defectuosa, pero como no hay maneras correctas de nombrar nada (así de malentendido es el lenguaje que nos preexiste) lo que si podemos es trastocar los sentidos. La situación de encierro es en nosotros mismos y en nuestros sentidos coagulados, y esto es así incluso desde antes de la pandemia. Por ello no hagamos del “estar en casa” una prisión domiciliaria.

Esto autoriza a concluir, ¿por qué la soledad resuena en los bordes desamparados de nuestro cuerpo? ¿Podemos rescatar algo de la situación de aislamiento preventivo? Dice Pascal Quignard en Morir por pensar “Nuestra dependencia es de raíz así como la pertenencia es prenatal. Somos originalmente seres contenidos. Hay que encontrar un modus vivendi entre pertenencia y extravío. Hay que encontrar una “casa” entre nacionalismo y errancia”. Yo agrego: entre lo familiar y la soledad. En este intervalo, importa inventarnos una música, una casa para habitar. Ese es nuestro trabajo en estos tiempos (y claro que desde otro sentido que el empleo asalariado capitalista) que conforma una excepción, el trabajo de elaboración que nos urge y nos convoca, allí tenemos un punto de encuentro.

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